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Una ruta de ensueño

A ESTA ALTURA CREO que no hace falta aclararles que me gano la vida como camionero. Un oficio bien terrenal, como tantos otros. Pero con una rutina muy particular porque, si bien todos los santos días —sin importar domingos ni feriados— y sus noches —durmiendo salteado, cuando y como puedo, dentro del mionca estacionado al costado de la ruta o en algún hotelucho de mala muerte— hago lo mismo —llevar y traer autos, tractores, lanchas, alimento, madera, regalos de Navidad y un largo etcétera—, cada camino transitado es diferente a los demás.

Pero lo que seguramente no saben, aunque ya es un secreto a voces —y faltaba nomás ponerlo por escrito—, es que cuando apoyo mi cabeza sobre la almohada —siempre dura— no consigo conciliar el sueño si no es con alguna pastillita mágica de esas que se venden por ahí —no, no, ahí no, más allá—. Al parecer, 16 horas de trabajo físico y mental no son suficientes para doblegar mi achacado cuerpo.

Cuando finalmente Hipnos se apiada de mi condición de muerto vivo, me toma de los hombros y me saca volando de la cabina o de la habitación para dejarme en manos de su hijo Morfeo, quien a su vez me transporta a un mundo de siluetas blanquecinas que delinean un camino, o muchos. Algunas parecen casas, otras, gigantescos edificios iluminados. Castillos medievales con mazas gigantescas. Puentes a ninguna parte y bosques de pinos nevados. Sin saber por qué comienzo a saltar hacia adelante y a los costados, como empujado por un resorte invisible. Una vez. Otra vez. En sucesión encadenada, con agilidad de mico, a pesar de mis poco disimulables 126 kilos.

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Dicen que lo importante no es el destino, sino el viaje en sí mismo. Así dicen y vaya paradoja —o parajoda—, que el trayecto en mi ilusión está formado por camiones. Sí, como leyeron: ca-mio-nes. Cientos, miles quizá. Todos en loca carrera hacia la nada misma. Se cruzan, se chocan unos con otros y explotan. Vuelan o caen en abismos que van más allá de toda comprensión humana. Y yo estoy ahí, saltándolos. De a uno. De a muchos. Y se angostan, o no me permiten mantenerme un instante sobre ellos, o despiden rayos láser o rebotan conmigo. ¿Caprichitos de Morfeo?

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Con quirúrgica precisión sorteo todos los obstáculos. No es sencillo. Para nada. El entorno es mi enemigo. Ante el más mínimo error, caigo al suelo, al vacío o golpeo contra una saliente, una bala y debo recomenzar todo, infinitas veces. Sólo puedo confiar en ellos, mis compañeros hasta en sueños, que ponen, abnegados, sus techos para que caiga, repose aunque sea por unos instantes, tome impulso y vuelva a despegar.

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Al despertar, me encuentro todo transpirado y con los dedos de las manos completamente agarrotados. Incluso a veces tengo ambos brazos extendidos como queriendo aferrar algo que no llego a comprender qué es. ¿Una Playboy? ¿Un sándwich de milanesa completo? Y aunque haya dormido más de 4 horas —que es lo mínimo que necesito para recuperarme— sigo agotado. La locura está a la vuelta de la esquina, lo sé y me pregunto, ¿qué maldito resorte se habrá movido? ¿tendrá fin esta pesadilla? [i]

  • DESARROLLADO POR: Landfall Games
  • DISTRIBUIDO POR: tinyBuild
  • GÉNERO: Plataformas, Conducción
  • PLATAFORMAS: PC, PS4, Xbox One, OS X

CALIFICACIÓN

80%

QUÉ ONDA: Delirante y adictivo fichín de saltos sobre camiones. Un nuevo deporte, pasión de multitudes.
LO BUENO: Mecánicas fluidas, entornos atractivos y diversidad de niveles.
LO MALO: Puede llegar a resultar frustrante para los más blandengues. Faltaría un modo multijugador.
 

Fernando CounEl Ing. Fernando Coun es un viejo prócer del fichín que comenzó a colaborar con el equipo original de [IRROMPIBLES] allá por los tiempos de la gloriosa Xtreme PC (en el siglo pasado). Es un gran fan de las aventuras gráficas y los juegos de carreras, y actualmente está traduciendo Sandokan, de Emilio Salgari, por el placer nomás.

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