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Diario de un Space Marine

La batalla apenas estaba comenzando. Nos encontrábamos dentro de nuestro vehículo de despliegue escuchando a nuestro alrededor explosiones que no cesaban, disparos inagotables. Pero allí no había gritos. Los gritos no formaban parte de nuestras batallas.
Salimos del tanque y nos encontramos con un panorama conocido: los esbirros del caos, nuestros antiguos hermanos, Space Marines vueltos en contra del Emperador Dios, abrazadores de las mismas fuerzas oscuras que su nuevo líder.

Estaban bien atrincherados en la gigantesca fortaleza que nos esperaba más adelante. Sus defensas eran difíciles de superar, torretas por doquier y una posición fortificada que nos ubicaba a nosotros en un cuello de botella. Éramos objetivos de tiro al blanco.

Avanzamos rápidamente hasta una arcada trasera, donde estábamos a salvo del fuego pesado de las armas de asedio. Dimos la vuelta y nos sorprendió un pelotón enemigo. Utilizamos nuestras armas cuerpo a cuerpo, espadas serradas que destruyeron las armaduras de los zánganos corruptos que nos bloqueaban el paso. Por suerte contábamos con nuestros fusiles de largo alcance que nos permitieron responder ante otro grupo que se encontraba en un bunker más adelante.

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Sin embargo, me distraje. Mientras terminaba de perforar la armadura de un enemigo, los poderosos impactos de una torreta me alcanzaron. Tan sólo dos de ellos bastaron para destruir toda mi defensa. Me encontraba a punto de desvanecerme cuando mis aliados lograron curarme a tiempo. Ibamos a necesitar algo más para atravesar ese punto.

Volví al punto de despliegue y me equipé con propulsores para trepar por las murallas junto con una pesada metralleta de asalto. Otros tomaron el equipo técnico necesario para tender una emboscada en la arcada, en el caso de que algunos enemigos quisieran venir a buscarnos. Los aliados restantes se apoderaron de un tanque con el que acaparar la atención de la torreta enemiga.

Volvimos a la arcada. Me deslicé por el muro a fin de tomar una posición elevada mientras nuestro tanque se posicionaba en la entrada y empezaba a intercambiar fuego con sus defensas. Mis aliados técnicos tendieron minas y tenían preparadas sus armas. Llegué a la cima de la muralla y pude ver como mis camaradas habían logrado absorber toda la atención, mientras yo me encontraba libre para destruir esa endemoniada estructura. Apunté bien y disparé una ráfaga casi eterna. La torreta estalló en mil pedazos, llevándose a unos cuantos de esos asquerosos corrompidos con ella.

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Fuimos preparados para esto, para la Guerra, para el conflicto. Pero, ¿qué somos? Estas armaduras no sólo nos protegen de las armas enemigas, también nos protegen de ver a nuestros aliados como posibles seres con sentimientos.

Desde esta perspectiva, todos somos máquinas. Sólo máquinas que pelean y mueren en nombre de nuestro único y verdadero Emperador Dios.


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